La cultura en minifalda


La cultura en minifalda

La cultura en minifalda

Por: Edgar London

Cinco dedos por encima de la rodilla, había dicho la profesora, pero ni los dedos de Goliat hubiesen podido cubrir el espacio libre en aquellos muslos. La saya de Elizabeth era demasiado corta según el reglamento de nuestra escuela. La de Elizabeth, recuerdo, y la de Laura, y Daniela, y Verónica, y la de casi todas las adolescentes de una secundaria básica donde nos movíamos como zombis entre turnos de clases, por el calor, por el aburrimiento extremo, y para nosotros, los varones, ver esas minúsculas prendas constituía uno de los pocos placeres en cada sesión académica. El problema (desde la perspectiva docente) es que no parecían atuendos escolares. A pesar del horrible color amarillo achicharado (atención: achicharado, no achicharrado), más asemejaba un atuendo carnavalesco, concebido para despertar truculencias, no guardar respeto.

Tanto mejor sucedió al rebasar la secundaria y caer, por obligación, en el preuniversitario. Allí, de alguna forma casi mágica, las sayas se achicaron aún más. Aunque, quizás, no fue la reducción de la tela sino la ampliación de las carnes lo que desbalanceaba la proporción a favor de la lascivia de muchos. El bochorno, cual se espera en Cuba, no cedió. Por tanto, tampoco las justificaciones de las estudiantes frente a sus profesores ni su costumbre de orear cada milímetro posible de sus piernas.

Ya me relamía por anticipado con los placeres visuales que la universidad, muy pronto, habría de regalarme. Justifico hoy mis esperanzas a partir de cierta lógica inductiva. Si los centímetros cedían con cada cambio de nivel escolar… el último de estos debía ser el mejor, entiéndase el de las sayas más cortas. Máxime cuando la ausencia de uniforme permitía la aparición libre y abierta de las minifaldas. Sí, así debía suceder.

Mas no sucedió. De pie en la escalinata de la Universidad de La Habana observaba a mi alrededor y no creo haber concebido frustración mayor. Todas, compañeras y desconocidas que no llevaban pantalones, lucían enormes sayas que a duras penas descubrían sus tobillos. ¿Qué diablos pasó?, la pregunta, por irreal y literaria, no creo haberla formulado. Sin embargo, presumo que anidó en algún recoveco de mi conciencia, entonces aturdida a causa de otras sensaciones nuevas.

El motivo cimero del cambio dolía por su sencillez. Ellas se aburrieron de lo mismo. La moda exige transformaciones sucesivas a partir de la imposición de un canon renovable que (saben de sobra los profesionales) busca responder a las expectativas del público. La minifalda, con todas sus tentaciones y el despertar de mil temores, ya no se usaba. Un ciclo había terminado. Otro apenas daba inicio.

Curiosamente, este sentido de diversidad o, para ser exacto, la terrible anulación del mismo, suele ser el primer y más socorrido anatema cada vez que se asoma a la palestra pública la necesaria relación entre comercio y cultura. Tema que en Cuba, por dudosos motivos socioeconómicos, ha ganado adeptos fervorosos y críticos no menos perseverantes en fechas muy recientes e incluso ha pasado a ocupar espacios en los medios de comunicación oficiales en La Habana (el periódico Juventud Rebelde es un ejemplo) y en la prensa internacional (la BBC de Londres así lo avala). De cualquier manera, resulta evidente que la posibilidad de acercar las propuestas culturales al mercado ha servido, entre otras disposiciones, para borrar de la razón colectiva otros avatares que pudieran herir la sensibilidad política de nuestro archipiélago tras la muerte de Hugo Chávez.

No obstante, resistamos las tentaciones de esos ríspidos horizontes argumentativos y concentrémonos en las minifaldas que, en brevedad, pueden emular con la gnosis expuesta por algunos funcionarios y artistas a partir de sus disquisiciones sobre los apuros que provoca imbuir un producto artístico en las leyes de la oferta y la demanda. O sea, promover un quiebre con la estrategia paternal que a riesgo de ahogos y en cuanto a cultura se refiere, persiste a lo largo y ancho de nuestro viejo y desdentado caimán verde.

Desde un punto de vista personal, acaso defendible desde otro punto de vista pragmático, considero que el enfoque de estos cuestionamientos ya se presenta, a priori, errado. Lograr la rentabilidad de la cultura cubana no es una opción, invoca una necesidad. En cualquier otro lugar del mundo sonaría realmente absurdo el dilema que nuestros medios de comunicación presentan, impulsado por funcionarios urgidos de reflectores.

Podemos darle la espalda a una realidad que se impuso sin mayores artilugios desde el fenecer de la Guerra Fría: la economía manda. En realidad, desde algunos años antes, lo cual explica, por ejemplo, por qué la Coca Cola y la McDonald lograron lo que no pudieron hacer las amenazas nucleares: reventar desde su interior el eje comunista que representaba la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Así como durante otros siglos lo hizo la religión o la política, para nadie es secreto que el dinero tiende a decidir quién vive y quién perece en nuestro entorno actual. Sobrarán los que me llamen capitalista a ultranza (respeto su criterio) y, repito, podemos darle la espalda a esta realidad, pero ninguna ceguera diluirá su existencia. Se trata de una regla que, por supuesto, goza de las ineludibles excepciones que lejos de rebatirla, terminan por avalarla.

Entre estas excepciones chapotea Cuba y su arcaica estructura de soporte cultural, más atada a requisiciones políticas que a una salud verdaderamente creativa. Es por estos rincones que se agazapan los motivos del debate. Permitir que los artistas logren autofinanciarse pone en jaque el control sobre los mismos. Regulaciones, vigilancias, censuras y permisos han minado el espíritu de muchos buenos autores (no hablo únicamente de literatura, sino de todas las manifestaciones) por décadas y décadas, de tal forma que para ellos resultaría incómodo y hasta peligroso andar sin que los tomen de la mano. Igual a una puta sin chulo. Ahora, no obstante, emerge una generación que hereda los sinsabores de sus predecesores y lucha por degustar nuevas alternativas. Lejos de importarles los riesgos de andar por sus propios pasos, les tienta la aventura. ¿Cuál mejor que sustentar sus proyectos con recursos propios y nutrirse de los resultados? Este ímpetu no agrada a la rancia oficialidad pues, desde frías oficinas, sus representantes conocen de sobra que, sin la mesada de papá, el hijo puede irse a dondequiera.

Y no referencio otras naciones. Ya eso es (más o menos) posible. Troco geografías por ideologías, por maneras de pensar o, ¡imagínenlo!, de invocar. Cada quien se imagina su propia suerte y va tras ella. Renuncia al discurso explícito por el afecto de la sugerencia. Igual que la minifalda, siempre más peligrosa que el desnudo abierto porque acucia la imaginación y provoca la pregunta ¿qué encontraremos debajo?

Sin duda, en el caso de la cultura cubana, nos toparíamos con un engranaje infernal de dependencias que laceran la fluidez de cualquier iniciativa artística. Otra serie de constricciones presupuestales que rara vez oxigenan a plenitud los requerimientos de rigor (espacios, materiales básicos y promoción, al menos) junto con la necesidad de cumplir los famosos planes semestrales, al margen de cómo se cumplen. Es verdad que muchos proyectos no expiran, pero tampoco florecen. Se mantienen en una especie de estado comatoso, donde le son retirados los tubos de respiración artificial para la foto de inauguración y luego, (con suerte) se los reintegran a ver qué tal les va.

En los dimes y diretes alrededor del (auto)financiamiento cultural, destacan par de controversias que se me antojan sacadas a contrapelo. La primera advierte en torno a la posibilidad de que la “mala” cultura se imponga sobre la “buena”. Y aunque ya de por sí es difícil definir y comparar estos términos (sería una excusa perfecta para articular otro texto mucho más profundo que este), tampoco nos haremos de la vista gorda con groserías y propuestas insípidas o harto comerciales que suelen calar en el gusto del público. En otras palabras, ¿de veras alguien considera que hoy, en La Habana, una ópera recaudará mayores ganancias que un concierto de reguetón? Seamos claros, maldiciones y desnudos venden más que un buen timbre de voz.

El reto consiste en revertir o (combinar) tales tendencias, porque, a propósito de desnudos, acude a mi desgastada memoria cierta versión teatral de La Celestina, donde los actores posaban en cueros por aquí y por allá. Creo que (de esta obra) jamás asistí a otra puesta en escena tan exitosa y si bien a duras penas recuerdo sus parlamentos, no olvido las curvas de una de las actrices.

Ahora, si usted, desocupado lector, desglosa de estas líneas una incitación de mi parte a los convites más vulgares, no se preocupe. Recuerde mi frustración universitaria con la ausencia de minifaldas. La variedad irá al rescate del público. Imaginemos todos los artistas apostando por idéntico modus operandi, el chasco sería enorme. La competencia, no en vano uno de los factores más importantes dentro de las leyes de marketing, obliga a gestionar nuevos y mejores procederes. Retomando aquella puesta en escena de La Celestina, capaz de cerrar el tráfico de calle Línea, si todos anduviéramos desnudos a hora y deshora, nada hubiese más lujurioso que los atuendos de una monja.

Es por ello que las subvenciones estatales deben favorecer la diversidad en aquellas propuestas de dudosa recuperación financiera. Empero no debe asumirse esta responsabilidad desde una perspectiva que se limita a enfrentar la dualidad de cumplir o no cumplir cierto mandato burocrático, tal cual ha venido sucediendo desde hace muchísimos años. El estado, en tanto simboliza la pieza con mayores y mejores recursos (hablando de Cuba, claro está) debe erigirse como la mayor competencia en el mercado cultural, lo mismo por sus múltiples ofrecimientos artísticos y literarios como por la calidad que estos han de presentar.

Ese es el primer y más significativo cambio de imagen que deben ofrecer las instituciones culturales en Cuba. Desplegarse como parte del imprescindible engranaje financiero y soltarse de las ataduras que otros órdenes le han impuesto a cambio de simples migajas. Al César lo que es del César, que en nuestro archipiélago ya mucho se le ha dado, y a los artistas lo que bien les corresponde. Más libertad, menos padrinazgo. No olvidemos que la economía en Cuba ha representado por más de medio siglo un continuo y sostenido fracaso. La cultura, en cambio, ha sido bendecida en más de una ocasión por destellos de éxito. ¿Por qué no darles un voto de confianza a los artistas para que ellos elijan su propio destino? Y, advierto, no tiene que ser necesariamente con el uso de ninguna minifalda. Conozco unas gordas que se verían horribles con ellas o… ¿quién sabe? A fin de cuentas, de eso se trata. Que prueben, que arriesguen, que por siempre se diviertan.

(Tomado de VerCuba)

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