El Evangelio según Ramiro: La Verdad lo hará libre


El evangelio según Ramiro

El evangelio según Ramiro

Por: Antonio Enrique González Rojas

Más allá de los cuatro evangelios (*) “canónicos” recogidos en la Biblia, existen decenas de textos calificados como apócrifos por los Padres de la Iglesia y sus descendientes, obras estas que ofrecen aristas muy variadas y pintorescas de los hechos de Jesucristo, válidas a pesar de la censura “oficial” que las excomulgó por exponer concepciones legítimas de sus autores, aunque su veracidad histórica sea puesta en duda, pero ¿cuál verdad no lo es sino por arbitrio de una persona o comunidad, cuyos intereses requieren de autentificación? Mas cuando la propia “realidad” es pura construcción psicosocial y preceptual. Así, la inamovilidad de cualquier doctrina es mera ilusión. Todo se reduce al cosmos particular que lo genera, validado entonces como construcción cultural pero no como ley categórica. Desde la absoluta relatividad posmoderna, cada ser humano puede proclamar entonces su verdad, sustentado sobre las cenizas de los viejos axiomas y dogmas; defender el derecho a ser y hacer según su naturaleza en tanto no infiera daño al prójimo; todo lo contrario, quizás estaría así en verdaderas condiciones de amarlo sinceramente.
Sobre semejantes principios parece sustentarse el documental El Evangelio según Ramiro (Juan Carlos Calahorra, 2012), reciente ganador del Gran Premio en la XXII Muestra Audiovisual El Almacén de la Imagen y del Coral al Mejor Documental en el XXXIV Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, dos de los galardones audiovisuales más importantes a que puede aspirar un (joven) realizador en Cuba. La obra de marras se suma desde una postura estética tan comedida como la propia vida recreada, a la brega social desarrollada en estos tiempos en Cuba por el reconocimiento y aceptación de la otredad sexual, en este caso de las personas transgenéricas y transexuales como el protagonista Ramiro, un(a) muy-muy humilde trabajador(a) de servicios comunales que es pura feminidad ortodoxa, incluida la monógama vida en común con su pareja masculina; y sobre todo por la religiosidad católica, con elementos afrocubanos según atestigua la pulsa que no deja se mostrarse en su muñeca. Precisamente, este último elemento define la postura estético-discursiva asumida por el creador: el contraste entre este ser que según la Biblia comete “abominación” y su conducta regida por la fe cristiana, todo lo cual suscita una verdad digna de ser comunicada, una vida “especial” digna de ser registrada por evangelistas (en tanto comunicadores de una “buena nueva” de la aceptación y la pluralidad entre los humanos) contemporáneos como el propio Calahorra.
Consecuente a ultranza con la sencillez y llaneza de la vida del Mesías de Belén y las escrituras que testimonian su accionar, el joven autor renuncia a toda la alaharaca y la extroversión carnavalesca que tienden a caracterizar las campañas y productos sobre/a favor del orgullo gay, pletóricos de drag-queens, travestis exorbitantes y otros muchos tributarios del kitsch, para articular una historia tan discreta como la susurrante voz que lee en off el Evangelio según San Lucas, en perenne contraposición con la casi ascética rutina cotidiana de este silencioso Ramiro quien accedió a “representarse” junto a su familia ante la cámara voyeurista. Y este es el principal riesgo de la obra, en tanto consiste en una total puesta en escena, donde sólo queda confiar en la sinceridad de Calahorra y sus “actores” a la hora de recrear con fidelidad circunstancias y acciones, tal cual sucede con audiovisuales cercanos en el tiempo y el espacio, como la cinta Suite Habana (Fernando Pérez, 2003), inefable epítome de esta tendencia en Cuba, emulada por muchísimos documentalistas independientes, jóvenes y ya no tanto, devotos del silencio expresivo y sobre todo del Free cinema, como suerte de alternativa a la palmaria ausencia de temas “complicados” en el panorama mediático oficial del país, aunque se trate de uno de los estilos documentalísticos más antiguos, validado por los propios Flaherty (Nanook, el esquimal, 1922) y Vertov (El hombre de la cámara, 1929 ), en el mero génesis artístico del género.
Renuncia Calahorra a la tendencia testimonial-reporteril de obras previas sobre el tema como el, en mi opinión, muy sobrevalorado En el cuerpo equivocado (Marilyn Solaya, 2010). Más consciente que muchos del valor narrativo de cada plano y secuencia, no se regodea excesivamente en encuadres vacuos y pseudo-significativos, como resulta harto común en tales producciones, sino que delata una loable agudeza y precisión a la hora de contar desde la imagen y a la hora de engarzar texto e iconografía. Algunos planos acusan sin embargo, demasiado artificio en un muy forzado intento corresponder lo anecdótico evangélico con acciones específicas. Sucede en ciertos momentos de forzado y edulcorado romance como el baile bajo de lluvia de Ramiro y esposo: demasiada gratuita metáfora del amor a pesar de las dificultades de una vivienda muy deteriorada. Está también la previa escena de la tubería-túnel donde Calahorra pone a yacer al consorte para (quizás) simbolizar los años de censura y (auto)negación que debieron sufrir ambos antes de ser según sus naturales preferencias.
Fuera de estas irregularidades, consigue trascender El Evangelio… el golpe de efecto inmediato y el inevitable pintoresquismo de un transgénero católico perfectamente aceptado por la comunidad religiosa, lo cual pudo ser registrado desde el tremendismo sensiblero o el patetismo retórico del mencionado En el cuerpo.., donde ya a los diez minutos se torna insostenible la historia de vida de un protagonista que poco tiene que decir (o no supieron preguntarle) más allá de ser una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre y comportarse como tal, recurriendo la realizadora de marras a varios ardides para justificar el esfuerzo. La vida diaria de Ramiro y su contexto sí son lo suficientemente enjundiosos para desarrollarse dramatúrgicamente y son bien aprovechados en aras de contar una historia.
Quizás Ramiro poco tenga para vocalizar más que algunas oraciones y plegarias, o hasta sea excesivamente tímido o tartamudo, pero habla mucho del autor el modo elegido para construir óptimamente su historia, para defender a plenitud su tesis sobre la tolerancia, para extraer los elementos más significativos de la cotidianidad, depurarlos y conjugarlos orgánicamente. Calahorra optó por la imagen pura, por la audacia de redimensionar lo evangelios, destilar su esencia de amor, tolerancia, consecuencia y legitimar esta discreta verdad transgenérica pero no transhumana, que se discretamente se diluye por momentos en la multitud acompañante de la procesión de la virgen en la parroquia de la habanera Guanabacoa.
Nota:
*Evangelio: Del griego εὐ, que significa «bien», y αγγέλιον, que significa “mensaje” y en el hebreo בשורה, que significa “noticia”, y טובה, que significa “buena”

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